Haroldo Conti en Claromecó / Nerio Tello

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Haroldo Conti en Claromecó
/  Nerio Tello
Haroldo Conti
// Esta es una historia en primera persona. Pero no sobre mi primera persona. Es una historia donde tuve un “protagonismo” casi involuntario, pero que me involucró con una persona de la que hemos hablado y hablaremos, por suerte, durante décadas: Haroldo Conti. Haroldo fue secuestrado y desaparecido en Buenos Aires el 5 de mayo de 1976. Esta historia, o anécdota si se quiere, aconteció hace 42 años, cuando Haroldo era ya un escritor conocido y prestigioso. La guardé en mi memoria, y allí estuvo, dando vueltas como cuando nos perdemos en las ciudades sin saber ni querer saber adónde nos lleva el destino. Escribo destino y me parece que la palabra es exagerada. Pero escribo destino y pienso en el escritor, en el autor de Mascaró, el cazador americano, y ya no me parece tan exagerada, sobre todo adjudicándosela a él, a su destino, a su anónima muerte, a su cuerpo desvanecido y presente.

Estos hechos, esta historia, simple, cotidiana, sucedieron en febrero de 1975. Yo tenía 23 años y era un actor trashumante con un grupo trashumante. Habíamos hecho pie durante ese mes en un hogar de niños en Monte Hermoso. Vivíamos de prestado en una escuela que había enfrente. Corrimos los bancos y las sillas, y armamos nuestras casas. No había ducha, por lo que íbamos al Hogar o nos bañábamos haciendo desbordar el tanque de agua. Era lo más parecido a una ducha sueca, pero acá.

Como cuando se está en gira hay que aprovechar el tiempos para intentar comer cotidianamente, los días que no hacíamos función (lunes y martes, creo recordar) solíamos recorrer pueblos de la zona, a nuestro propio riesgo. Así es como llegamos un día a un balneario desconocido para nosotros: Claromecó. Dado el espacio físico (era un café-bar, y luego restaurante) decidimos correr las mesas y armar un escenario a nivel del piso, con las pocas luces del lugar y algún tacho que portábamos en nuestro vehículo. Allí representamos Relevo/1923, de Jorge Goldenberg, una de nuestras cuatro obras de repertorio que teníamos en esa gira.

En ese lugar, como contaré, estaban, entre otros, Haroldo Conti. Como no puedo resistir la tentación de reproducir los dichos de Conti, mucho más expresivos que los míos, voy a seleccionar algunos párrafos de una crónica sobre esa presentación que él publicó en la revista Crisis, de abril de 1975: “Segunda muerte de Kurt Wilkem en Claromecó”.

Dice Haroldo Conti en su crónica:
“Ahora que se han ido, el silencio envuelve a la casa como un barco al garete. Sobre la mesa quedan unos cuantos papeles: un programa, una revista vieja, una precipitada reseña que escribiera Nerio Tello antes de irse. A partir de aquí tengo que reconstruir 7 años de trabajos y caminos del Teatro Municipal de Mendoza…”

No deja de provocarme cierta inquietud, por cierto orgullo, que ese hombre, Haroldo Conti, haya escrito mi nombre en su crónica. Pero volvamos a la historia. Al terminar la función, el dueño del local –que tenía el sugestivo nombre de Tucu-Tucu, por ese animalito que abunda entre las dunas–, nos dice que había algunas personas que querían saludarnos. Cerca de la barra había cuatro personas, quizás alguno más, no recuerdo. No los identificamos de inmediato, pero se presentaron. Federico “Fico” Vogelius, un hombre de barba canosa y modales delicados, era el director propietario de la revista Crisis, estaba además su esposa, Lita; y  sonriendo, con esa cara larga de hombre serio, Haroldo Conti, con su esposa Marta.

No recuerdo cuál fue la reacción de mis compañeros, pero yo, lector asiduo –y coleccionista– de la revista, quedé apabullado. Había leído ya La balada del álamo carolina, un pequeño libro de tapa verdosa, y sabía que Conti era de un lugar que nosotros habíamos visitado con el grupo de teatro: Chacabuco. Sabía además que era uno de los tantos hombres comprometidos con la lucha por la liberación que estaba en su cenit o en su degradación, eso sí que no podíamos medirlo. No sabía qué decir, les di la mano, elogiaron nuestro trabajo, me dio mucho pudor. Seguimos con nuestra tarea de desmontar lo que habíamos montado para la representación.

Una hora después estábamos en un pequeño bar-restaurante (en esa época creo que era el único) sentados en unas mesas pequeñas, como para tragos, pero deglutiendo el menú que ofrecían que no era abundante pero sí sabroso. El bar se llamaba Montoto. Vogelius y Conti nos habían invitado y ellos estaban allí, esperándonos. Nos acomodamos como pudimos (nosotros éramos entre ocho y diez, no recuerdo cuántos habíamos ido esa noche a Claromecó). Dio la casualidad, o el destino, y otra vez esta palabra, que yo quedara sentado justo al lado de Haroldo. Mi veneración no me iba a permitir hablar, supuse; hubiera preferido otro lugar. Pero no, allí terminé, sentado al lado del escritor.

Cómo se dio todo, qué comimos, cuánto duró la velada, no puedo decirlo, no recuerdo. Lo que sí tengo como sensación es la riquísima charla que tuvimos con Haroldo y su esposa, y luego, años más tarde, me ruborizaba al pensar que en esa charla yo hablé casi todo el tiempo, empujado por las preguntas y la curiosidad de Haroldo. El hombre, de una humildad descabellada, de una ternura infinita, el gran escritor, el gran luchador, escuchaba y se interesaba por lo que en ese entonces un joven actor, hoy veterano cronista, le contaba. Algo de eso está reflejado en la crónica que meses después publicó en la revista. Según reza en una línea de su bajada, “Haroldo Conti se deslumbró frente a la fabulosa realidad de Relevo/1923

“Arnold (se refiere al director del grupo, Cristóbal Arnold), después de zamparse un bocado con un hambre que arranca al parecer desde 1920, cuando era Kurt Wilckens, me explica, me cuenta la historia de aquel teatro que empezó de oficio siendo municipal y como sigan así las cosas terminará por ser mundial, es decir, del ancho y ajeno mundo, al cual yo pertenezco en alguna medida como provisorio ciudadano de Claromecó, pero en realidad no atiendo a sus palabras, ya que, en verdad, no hay forma de participarme en ese rato y en el Montoto toda esa vida que yo entreveo por encima de su cabeza.”
“Lo que veo a través de sus fuertes ojos son todos los caminos, ese loco y alegre rodar y rodar, entrando a los pueblos para representar la vida, en el más vital sentido, de la mañana  a la noche, vida que va, vida que se exalta, vida que se padece y se revive y al mismo tiempo se exhibe (creo que a eso se refieren cuando hablan de teatro vivo o, por lo menos, es lo que de todas maneras hacen) y me pregunto, mientras sostengo colgada en mi boca como ropa puesta a secar una sonrisa que se me va adormeciendo en los labios, me pregunto por qué diablos no planto todo ahí mismo y me largo con aquellos delirantes, no a fingir sino a exhibir y exaltar mi vida, haciendo de ello, gratia artis, un entero y brillante espectáculo.”
Revista CRISIS, abril 1975 (páginas 59 a 61)

Al otro día, como “responsable” de prensa del grupo, fui temprano a la casa de Vogelius, donde se alojaban todos. Había muchos chicos y señoritas adolescentes, los hijos y amigos –supongo- del editor. Me ofrecieron café y facturas, y una máquina de escribir donde bajé toda la información que tenía en la cabeza.  Un rato después, nos estábamos yendo. Teníamos función esa noche en Monte Hermoso. No los volvimos a ver. Partimos y Federico y su esposa, y Haroldo y su compañera, quedaron allí, dominando el viento, sosegando la arena; se desdibujaron en las desdibujadas calles de ese rústico balneario.

El día anterior, según nos comentaron, había partido del balneario el director la revista, Eduardo Galeano. Pero lo más extraordinario, lo supimos después, es que esa noche se entregaban en Cuba los premios Casa de las Américas. Haroldo –que todavía no lo sabía– ganó como novelista por Mascaró… y Jorge Goldenberg, autor de Relevo/1923, ganó como dramaturgo. Otra vez parece que el destino quisiera convencernos de algo. Concluye Haroldo en esa crónica:

“Yo empecé estos oficios escribiendo, pero la vida estaba allí y no aquí, fraguando la vida, hasta que de pronto escribir fue o necesito ser para mí, un legítimo modus vivendi. Un continuo, un todo. Esto lo siento constantemente en esta noche del Montoto que revivo y casi represento, y es lo que haríamos sin duda si en este momento, ya lejos del mar, estuviésemos todos aquí, y así la vida sale de nosotros, y sale lo mejor y se propone la vida, y como propuesta entraña una conducta, una norma, y es por eso que este teatro rumbosamente llamado municipal, será siempre un teatro pobre, casi muerto de hambre, militante de la vida, un teatro camino y un teatro pueblo.”

Releyendo veo la tozuda presencia de la palabra vida, en la prosa de Haroldo. Y entreveo también como el hombre, el escritor, se pone en segundo plano y exalta –nos exalta– con una generosidad conmovedora.

Esta historia termina bien, pero la historia no. Un año después, en Buenos Aires, me apersoné en la redacción de Crisis, estaba en la avenida Pueyrredón. No recuerdo más, yo por entonces no manejaba la ciudad, más bien me manejaba. La puerta de la revista estaba cerrada, nadie sabía nada, cuando me iba, un señor, distraídamente, me preguntó quién era, le conté brevemente, y entonces me dijo, casi en secreto: “No están viniendo, vio como están las cosas”, hizo un pausa y luego una recomendación o algo así: “No creo que le convenga venir de nuevo” me dijo, o algo parecido, o imaginé que me dijo algo parecido. Yo había llegado los primeros días de marzo del 76 a Buenos Aires, supongo que fui a las oficinas hacia abril. Unos días después, el 5 de mayo, el escritor Haroldo Conti pasó a integrar la lista de los desaparecidos. Vogelius vivió luego su propio calvario, pero sobrevivió. Cuando pienso en él, me vienen a la memoria esos niños rubios y simpáticos, que hablaban alternativamente en inglés y castellano, y que desparramaban su griterío por una enorme casa plantada justo frente a la desolada playa de Claromecó y frente a su mar vasto.

Cuando pienso en Haroldo no hago más que recordar su atenta mirada, su intensa curiosidad, su respeto y su amorosa forma de tratar al mundo. No nos dimos cuenta, pero nosotros, los que éramos tan jóvenes, también estábamos compelidos a crecer de golpe como el protagonista de “Alrededor de la jaula”, el memorable cuento de Haroldo.

Al partir, vi las siluetas de nuestros anfitriones. Un viento arenoso los desvanecía. Haroldo caminó hacia la playa. Escribió:
“…después de saludar con una mano en alto a Lita y a Fico, a Marta y a mí mismo, alto y ojeroso escriba, arranco por la húmeda arena rumbo a Monte Hermoso, rumbo a la verdadera y luminosa vida”.
Fue la última vez que lo vi.

Nerio Tello /2017

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